Córdoba, Argentina

Córdoba, corazón de la Argentina

Por Melina Noel Mansilla

Córdoba es su gente. Cuenta la historia que antes de la llegada de los españoles, el territorio citadino estaba habitado por comechingones, conocido como el pueblo de Quisquisacate.

En 1573 llegó para explorar estas tierras, Jerónimo Luis de Cabrera con un centenar de hombres. Al poco tiempo, arribaron también las órdenes religiosas (franciscanos, dominicos, jesuitas y mercedarios) y funcionarios políticos, administrativos y militares, sus familias y sus esclavos.

Es así que españoles, criollos, negros y nativos se fundieron en un crisol de culturas que luego fue enriquecido por las corrientes migratorias provenientes de Europa durante los siglos XIX y primera mitad del siglo XX.

En los últimos ochenta años, Córdoba ha recibido, además, a miles de inmigrantes de países limítrofes, como así también a una cantidad significativa de gente de otras provincias. Muchos arribaron a la ciudad para estudiar una carrera profesional, atraídos por el prestigio de la Universidad Nacional de Córdoba, emblema de la educación pública y gratuita de la Argentina.

Otros decidieron radicarse en Córdoba, movidos por las oportunidades laborales que reportó el gran desarrollo de la industria aeronáutica y, en especial, la industria automotriz, uno de los bastiones más fuertes de la economía local. Finalmente, unos y otros decidieron quedarse en la ciudad mediterránea, atraídos por el encanto con el cual Córdoba acoge sin condiciones a quienes quieren vivirla.

Córdoba es rebeldía. Fundada el 6 de julio de 1573 como Córdoba de la Nueva Andalucía, no solo fue resultado del proceso de colonización y conquista, sino también un acto de rebeldía de parte de su fundador, Don Jerónimo Luis de Cabrera.

No se sabe qué fue aquello que lo llevó a desobedecer la orden de no avanzar más allá de los territorios de Santiago del Estero. Sin embargo, a las orillas del río Suquía, decidió fundar la ciudad de Córdoba que, cuatro años más tarde, fue trasladada donde hoy se emplaza su centro histórico.

Más de dos siglos después, Córdoba, a diferencia del resto de las provincias del interior del Virreinato del Río de la Plata, fue contra revolucionaria, cuando en la ciudad de Buenos Aires de aquel memorable mayo de 1810, se empezaba a fraguar la Independencia de lo que hoy es Argentina.

La rebeldía de Córdoba se puso de manifiesto, una vez más, en los jóvenes estudiantes que lucharon con convicción indeclinable a favor de democratizar la educación en la Reforma Universitaria de 1918, que luego se extendió hacia el resto del país.

Los cordobeses fueron rebeldes aquel mayo de 1969 cuando estalló el “Cordobazo” en una agitada revuelta donde obreros y estudiantes unieron fuerzas, para enfrentarse al régimen dictatorial que empañaba la vida cívica de los argentinos.

Córdoba es lugar de encuentro. La Plaza San Martín, antiguamente la Plaza Mayor, conserva poco y nada de la época colonial, cuando congregaba a los vecinos en procesiones, fusilamientos, corridas de toros, un ajetreado mercado y celebraciones de todo tipo. Hoy, varios siglos después, locales y visitantes siguen eligiendo este sitio motivados por la mística especial que tienen los lugares de encuentro con tradición.

La intersección de Avenida Colón y General Paz es el punto de partida de marchas y protestas de quienes salen a la calle a manifestar por convicción propia, aunque a menudo se balancean sobre los límites difusos entre la libertad de unos y los derechos de otros.

Finalmente, la explanada del Patio Olmos, centro comercial que funciona en lo que fue la Escuela Graduada de Varones, ha sido en los últimos años el sitio elegido por los cordobeses para manifestaciones de apoyo político, pero también para celebrar victorias deportivas con esa intensidad tan propia de los argentinos.

Córdoba es cultura. El patrimonio cultural cordobés es el resultado de su devenir histórico. Aquí es donde los jesuitas erigieron sus prestigiosas instituciones educativas: el Real Colegio Convictorio de Monserrat y el Colegio Máximo, fundado en 1613, convertido en la primera Universidad de lo que hoy es Argentina y la tercera en Latinoamérica. De allí surge el apodo de Córdoba “La Docta”.

El legado jesuita -materializado en la Manzana de las Luces- ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, junto con las estancias que sustentaron económicamente semejante labor.

Ahora bien, la cultura de Córdoba también son sus personajes que se transformaron en leyendas, como Jardín Florido y la Pelada de la Cañada.

La gastronomía cordobesa es también un ingrediente indiscutible de la cultura local. Los alfajores cordobeses, que se caracterizan por su relleno de dulces de frutas, constituyen uno de sus productos regionales más tradicionales.

Dentro de las costumbres culinarias de los cordobeses se pueden mencionar los choripanes que se venden en carritos diseminados por la ciudad; la popular fórmula del 70/30 con la cual se prepara la bebida favorita de los cordobeses, el fernet con coca y el praliné de maní que aromatiza de manera deliciosa las peatonales.

También la tradición de “comer un asado al lado del río” que lleva a las familias y amigos a escaparse del ajetreo urbano para disfrutar de este ritual gastronómico en algún rincón de las Sierras de Córdoba.

Córdoba es arte. El patrimonio artístico de la ciudad es inmenso. Comprende numerosas obras de arte religioso, instrumento clave de evangelización que implementaron las órdenes religiosas, en momentos en los cuales las barreras lingüísticas y el analfabetismo dificultaban otras formas de adoctrinamiento.

Parte de este patrimonio se resguarda bajo las centenarias cúpulas de las decenas de iglesias de la ciudad que le otorgaron el título de “Córdoba de las Campanas”.

El estilo ecléctico de la Catedral da cuenta de los vaivenes de su construcción, víctima de un par de derrumbes, pero que la mano experta de arquitectos jesuitas y franciscanos supo dejar este monumento para la posteridad.

No obstante, el arte secular también tiene su protagonismo y se puede apreciar en el Museo Genaro Pérez, el Palacio Ferreyra y el Museo Caraffa.

Es altamente probable que el Paseo de las Artes, más popularmente conocido como el Paseo de las Pulgas, sea el espacio preferido de los cordobeses para disfrutar del ingenio creativo local. Este mercado al aire libre cobra vida los fines de semana y congrega a artistas, artesanos, vecinos y turistas en uno de los rincones tradicionales de Barrio Güemes.

Córdoba es música. La musicalidad de la tonada cordobesa es inconfundible, pero adquiere mayor sonoridad en Córdoba capital. Su origen es incierto. Hay quienes le atribuyen cierta ligazón con las lenguas de los pueblos originarios.  Para algunos el “cantito” deriva de los pueblos sanavirones y, para otros, de las comunidades de comechingones, con sus dos lenguas: el henia y el camiare.

Lo cierto es que la tonada cordobesa es un rasgo distintivo de su gente y siempre funciona como nota de color del tan afamado humor cordobés.

Pero hablar de Córdoba es también hablar del cuarteto. El ritmo del tunga-tunga tuvo su origen en la mezcla de géneros musicales que inmigrantes italianos y españoles aportaron a estas tierras. Hace poco más de veinte años, el fenómeno del cuarteto traspasó las fronteras provinciales llevando su ritmo festivo a otras partes del país.

Córdoba es futbol. Como todas las grandes ciudades del país, Córdoba también tiene su superclásico: Belgrano y Talleres. Cuenta con templos del futbol: el “Gigante de Alberdi” y “la Boutique”, respectivamente.

Por supuesto, no se puede dejar de mencionar el Estadio Mario Alberto Kempes. Es uno de los recintos deportivos más grandes de la Argentina, construido para el Mundial del 78, que hace diez años lleva el nombre del cordobés máximo goleador de esa Copa del Mundo que marcó un antes y un después en la historia de este deporte, pasión de multitudes.

Córdoba son sus postales urbanas. Es el arroyo la Cañada que fluye bajo las sombras de las tipas, encajonado en muros de piedras y cemento.

Es el Barrio Nueva Córdoba, con sus diagonales y sus palacetes, inspirado en el modelo parisino, hoy convertido en el hábitat natural de miles de estudiantes.

Es el Arco de Córdoba que da la bienvenida a quienes arriban estas tierras situadas en el centro de la Argentina.

Cordobeses de nacimiento y cordobeses por adopción, turistas y viajeros, todos sienten en el pecho el embrujo de la querencia que invita a quedarse, o a volver. Tal vez su localización geográfica en el corazón del país no sea una mera casualidad.

Córdoba cultural, religiosa, mestiza, rebelde y mediterránea

Por María Laura Rondinone

                    “…la metrópoli tiene este atractivo más: que a través de lo que ha llegado a ser se puede evocar con nostalgia lo que era”.
                                                                                                                                                                        Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

El viajero que en el año 1400 llega al cerro Inti Huasi, a diecisiete kilómetros de la ciudad de Achiras, en las Sierras del Sur, en el actual departamento Río Cuarto, de Córdoba, Argentina, se encuentra con unos varones morenos, altos, barbudos y de cabeza alargada, que usan flequillo y adornan sus cabellos con chákiras, pequeñas placas de cobre, oro o plata, y mujeres que perfuman su cuerpo con jugo de suico.

Son los henia – camiare, a quienes los sanavirones, sus contrincantes, llaman despectivamente comechingones, que significa hombre de las cuevas, en alusión a sus viviendas semisubterráneas.

Se ven pinturas rupestres y pictografías plasmadas en las paredes de las rocas, representaciones de llamas, de personas y de astros que estos pobladores adoran. Hace frío, y uno de ellos tiene puesto un chaleco de lana. Está recolectando bayas de algarrobo, mientras por sus pies pasa un hurón. A lo lejos se ve a una mujer, ante un morterito de piedra, moliendo maíz.

Se siente que ha cambiado el viento y el sol luce distinto. Son las señales de que estamos en el solsticio de invierno y los camiare preparan la ceremonia de la Pachamama, la veneración a la Madre Tierra que les provee alimentos, medicina, energía y conocimiento. Hacen un pozo y disponen sus ofrendas para retribuirle tanta entrega.

En 1571, Jerónimo Luis de Cabrera se convierte -en nombre del rey Felipe II- en Gobernador Capitán General y Justicia Mayor de las Provincias de Tucumán, Juríes y Diaguitas. Está en la ciudad de Santiago del Estero, y allí recibe la orden de poblar el Valle de Salta.

Pero Cabrera desobedece y parte hacia el sur. Quiere fundar una ciudad que vincule las extensas tierras del Tucumán a un puerto, comunicar las nuevas provincias con España a través del Río de la Plata y el Atlántico. Va acompañado por unos ciento veinte hombres y entra al actual terreno cordobés por Quillovil, hoy Río Seco, y tras una larga travesía alcanza el Valle de Quisquisacate, que significa donde se unen dos ríos.

El 6 de julio de 1573, ahí, en la hondonada, donde convergen el arroyo La Cañada y el río Suquía, funda la ciudad en la que ahora estamos y la nombra Córdoba de la Nueva Andalucía. Le pone este nombre que suena a mujer, en honor a los padres de su esposa, quienes son oriundos de la ciudad homónima, en España.

En 1574, el teniente de gobernador general de Córdoba, Lorenzo Suárez de Figueroa, traza el primer plano de la ciudad, de setenta manzanas -diez cuadras de largo y siete de ancho- y, en ese mismo documento, consta el otorgamiento de solares a los soldados que participan en la fundación.

Los jesuitas que llegan con los conquistadores fundan en 1613 la Universitas Cordubensis Tucumanae -hoy Universidad Nacional de Córdoba-, la primera del país y una de las primeras de América. Por eso la llaman la docta.

Siete iglesias se levantan en menos de cuatro manzanas: la de la Compañía de Jesús -la más antigua-, la Catedral, la de la Merced, la de Santa Catalina de Siena, la de Santa Teresa, la de Santo Domingo y la de San Francisco. Por eso la llaman la Córdoba de las campanas.

Para ser testigo de las distintas etapas de la construcción de la Catedral, el viajero debe permanecer unos doscientos años en la ciudad. Su edificación comienza en 1580 y recién se concluye en 1784. Es un crisol de estilos: en las torres de la fachada hay unos ángeles de confección camiare, y en la nave central se destaca La iglesia triunfante, obra del artista Emilio Caraffa.

Una gruesa vena acuosa atraviesa la ciudad: es La Cañada. El caminante se arriesga, se acerca a sus márgenes a pesar de la oscuridad y es testigo de la aparición de la Pelada de la Cañada. Dicen que es un alma en pena, que llora mientras expone su cabeza calva.

El arroyo lleva aguas que nacen en el sur, en La Lagunilla; aparenta ser manso, pero en ocasiones se revela y crece, embravecido. La Cañada es tan indisciplinada y desobediente que, para contenerla, obliga a construir el Calicanto, un murallón de cal y canto rodado.

Si el visitante llega a la ciudad en 1784, en una noche sin luna, ve ciento trece faroles de velas de sebo encendidos por orden del gobernador intendente Rafael de Sobremonte y para beneplácito de sus veintidós mil habitantes.

En esta Córdoba incipiente, si el peregrino está atento, oirá en el aire el retumbar de tambores y cadenas que provienen de las rancherías de los esclavos negros. Ellos están por todos lados: en el Cabildo, en las casas de las familias acomodadas, en los conventos, en las estancias jesuíticas.

La gesta patriótica de la independencia se arraiga en la identidad de los cordobeses y la plaza Mayor muda su nombre por el de San Martín, en homenaje al gran libertador.

Estamos casi en el año 1900. Están las familias burguesas y las de los suburbios. También llegan inmigrantes que pronto se amalgaman con los nativos, los negros y los criollos. Vienen para poblar las vastas extensiones de tierras que se ofrecen, generosas, para el trabajo y el porvenir.

El viajero que llega a Córdoba en 1918 puede ser testigo de la Reforma Universitaria gestada por Deodoro Roca; cuarenta años más tarde, si quiere, toma un taxi, recorre las afueras del centro y comprueba con sus propios ojos el crecimiento exponencial de la ciudad, de la mano de fábricas y barrios de obreros que van poblando su territorio.

Deberá ser muy cuidadoso quien se atreva a arribar a esta ciudad el 29 de mayo de 1969. Si es así, podrá alistarse y avanzar en el levantamiento encabezado, entre otros dirigentes sindicales, por Agustín Tosco y formar parte del Cordobazo, unas de las mayores puebladas obrero-estudiantiles contra la dictadura gobernante.

En 1970 la cantidad de gente que vive en Córdoba supera los dos millones. El centro es un hervidero y, frente a la plaza hay bancos, algunos bares y restaurantes, como el Sorocabana y El Solar de Tejeda.

Pero no todo es cuadrícula de herencia española en esta Córdoba del sur de América, y si el viajero quiere perderse por sendas laberínticas puede darse una vuelta por el Parque Sarmiento, el espacio verde parquizado más grande de la ciudad, ideado por Carlos Thays, un parisino que sueña con caminos ondulantes, un natatorio, una laguna artificial, las escalinatas del Coniferal y el Teatro Griego.

Las sierras tienen el aire puro que recomiendan para el asma del Che Guevara y se ofrenda en festivales folklóricos cada verano, para el deleite y regocijo de las almas de sus moradores y el lucir de los artistas.

Córdoba, nuestra Córdoba, la de Argentina, tiene en su sangre la rebeldía que heredó de su fundador: es la de la Reforma Universitaria y la del Cordobazo.

También es la Córdoba religiosa, la que adora al Dios de las iglesias y venera al santo gaucho, el cura Brochero de Traslasierra. Es la Córdoba contradictoria: es rebelde y pacata: se viste de gala para los conciertos del Teatro del Libertador y baila al ritmo del tunga-tunga que impone el cuarteto de Carlitos “la mona” Jiménez.

En el terreno del fútbol es de Talleres o de Belgrano, matadores albiazules o piratas celestes.

La tonada cordobesa -que consiste en alargar la sílaba protónica, es decir, la anterior a la acentuada- proviene de los camiare, y es un acento que pronto el visitante optará, no por convicción o emulación sino porque es muy pegadizo y se apropiará de sus modos de decir casi sin que se dé cuenta.

Tomará mate con peperina, conocerá las proporciones precisas para preparar el mejor fernet con coca, se convertirá en catador de choripanes y será un ocurrente humorista, porque la chispa cordobesa también es contagiosa.

En 2020 tiene más de tres millones y medio de habitantes. El viajero sabe que llega a las tierras de la Córdoba mediterránea de la América del Sur porque descubre que su piel se impregna de toda su riqueza: es cultural, religiosa, mestiza, rebelde y vaya a saber qué otros hechizos esconde y aún tiene por develar.

 

Eterno resplandor de una ciudad con recuerdos

Por Pancho Marchiaro

Si te filtrás en las entrañas de la ciudad, más o menos a la altura de Colón y Tucumán, vas a dar de lleno con uno de sus órganos más importantes: Cinerama. Sorteando locales de bromas y cafés con leche, atravesando una membrana de olor a pochoclo te espera ese oscuro resplandor que baila entre las butacas como un demonio. Ir al cine, habitar el cerebro de los shoppings, supone esconderse del mal, abrazado a una entrada, y viajar guiado por el proyectorista hacia todas las metáforas de la humanidad. Sortear la incertidumbre con un acto reposado, escapar a la vibración cotidiana y dejar que se agite la cabeza.

Ir al cine, vivir una y mil vidas en Córdoba y por unos pocos pesos, es una de las prácticas ciudadanas que más extrañamos. Resulta que, quienes conocimos el cine de 35 milímetros, e inclusive el cineclubismo que se podía medir con una cinta de 16mm, tenemos procesador y memoria alimentados a celuloide.

Termina Septiembre y se completa otro mes sin actividad cinematográfica, una industria que, según la Cámara Argentina de Exhibidores Multipantallas tiene más de ochocientas salas en todo el país y que incluye a miles de trabajadores. Si a esa estadística le sumamos los cineclubes y las salas pequeñas o independientes, seguramente nos acercaremos a casi mil templos que cultivan a los Lumiere como dioses. Los trabajadores están contemplados en las ATP estatales y el sector solicita, siempre desde la Cámara, seis meses de gracia una vez que se reactive la actividad. Se ha desarrollado un protocolo bastante prudente, en especial si se tiene en cuenta que dentro de la sala ni siquiera se habla. Proponen distanciamiento al ingreso y butacas de por medio, salvo para el caso de espectadores convivientes.

Mientras se reagendan los estrenos del año, y el consumo de películas converge irreductiblemente en plataformas como Netflix, una enorme comunidad de feligreses, que van desde las distribuidoras hasta los críticos, ve cerrar definitivamente a las pequeños y más frágiles salas. De profundizarse esa situación se concentrará la oferta en cadenas más comerciales y menos diversas en sus propuestas, con el consecuente empobrecimiento de la variedad que tanto ha valoramos. Vale recordar que Córdoba ha sido, históricamente, una ciudad destacada en materia cinematográfica.

Es difícil recordar el año. Tal vez fue en 1984 cuando mi tío José nos llevó al Buen Cine del Cerro. Eramos unos primos sentados en la matiné de una muy pituca Precedo. Llegamos de la mano con instrucciones de no separarnos y ver el doble programa que incluiría mi primer recuerdo cinéfilo: una olvidable película de un hombre que rompía paredes. La vimos adheridos a la butaca junto a mis primas María y Ana. Las salas de cine tenían un carácter magnético para los niños que, en mi caso, me imantarían por décadas. El vínculo con la pantalla fue una extensa proyección que mi mamá se ocupó de cultivar, con un escenas destacadas. Diez años más tarde vimos juntos Pulp Fiction en el Gran Rex. Esa sala y su magia céntrica me gustaban tanto como Mia Wallace.

Un año más tarde, siempre obnubilado por las proyecciones, tomaría mi primer trabajo: Proyectorista de cine en El Angel Azul. Un extraño guión vital me puso de actor secundario junto a un protagónico Daniel Salzano, el hombre más fílmico de Córdoba, cuya historia merece otra nota. Sólo diremos que de Él aprendí que los únicos besos sin labios que valen la pena, son los de la pantalla. Una reflexión que vale doble en pandemia.

De espectador a proyectorista, cada noche se respiraba el aire de los cinéfilos e intelectuales, de los habitantes de la nocturnidad y las estudiantes. Alguna noche escuché a Jerónimo Luis de Cabrera vitorear, entremezclado con el público, una de Almodóvar.

Ya nadie lo recuerda, pero nuestra Ciudad, sí: la del Suquía y la Cañada, fue una plaza cinematográfica que emitía opiniones tenidas en cuenta en todo el mundo sobre lo que se proyectaba.

Desde la década del sesenta en adelante -y lo comprobé muchos años más tarde cuando las revistas eran un medio de locomoción ideológico- lo que Córdoba decía sobre una película generaba tendencias. Esto era tan cierto que Fellini y Visconti sólo coincidían en sus preocupadas llamadas al Bar Baranoa de Colón y General Paz para saber que se comentaba sobre sus estrenos. El oscuro y misterioso vértigo del espectador, una surte de sublime y subliminal mensaje, también era codiciado por los autores.

Tal vez por eso, medio siglo más tarde, Todas Las Críticas es un sitio cordobés de referencia nacional y figuras como Cecilia Barrionuevo, cordobesa y directora del Festival de Cine de Mar del Plata (entre muchos méritos más) suponen la nueva generación de gestores. Una mujer que empezó en las butacas de El Ángel Azul.

La cultura cinéfila está tan enredada en nuestro inconsciente colectivo que, como la hiedra, echó raíces en infinidad de salas. A los Hoyts, Showcase y Cineramas que añoramos en la actualidad, deberíamos agregarle los caídos en cumplimiento del deber: Palace (allí donde se cuenta que cantó Gardel), el Ocean, el Odeón, el Luxor, el Moderno -luego Piojera-, el Sombras, y muchos otros militantes de la oscuridad luminosa como el Microcine, Urquiza, Avenida, Ideal, Palace, Renacimiento, Select, Imperial y Lyon D’or. Este último, además de estar en Alta Córdoba gozaba -como muchos de sus pares- de nombres rimbombantes que se asociaban inmediatamente a las celebridades que les habitaban.

Desde siempre nos llega el legado cineclubista cordobés, con el querido Córdoba Buen Cine de 27 de Abril, la histórica Quimera y el Cineclub Municipal. Más lejos en el tiempo pero igual de valiosos, estaban los escolares como el Peña o los pornos como el Eden -cuyas escenas prohibidamente permitidas ha relatado Roberto Videla con magistralidad-.

Lejos de haber sido santuarios con impronta mortuoria, las salas de cine siempre fueron un hervidero de ideas, encuentros, y desencuentros amatorios, políticos e imaginarios que albergaban profesionales, parejas y chupineros céntricos sin más distinción de raza que sus palpitaciones fílmicas. Podríamos considerarlas un neonatal de nuestra civilización, una sala donde cobramos conciencia de quienes somos y seremos, ahí en la oscuridad del nacimiento de nuestras almas colectivas.

Volver a la butaca, de la mano de Marvel o de Bong Joon-Ho es una necesidad que, por más que repaso la Declaración Universal de los Derechos de Hombre, aún no fue incorporada como bastión humanitario. Pero debería serlo. Tomen nota señores teóricos del derecho internacional.-

Nota publicada en el Diario Córdoba, el 30 de Septiembre del 2020.

Capilla Buffo, un legado cultural de amor

Por Marco Antonio Séptimo

Unquillo es un pueblo de artistas ubicado en las serranías cordobesas en el departamento Colón, provincia de Córdoba, Argentina. Se encuentra situado en los faldeos orientales de las Sierras Chicas, en un valle atravesado por numerosos arroyos y vertientes que alimentan una vegetación exuberante y miradores naturales donde se pueden disfrutar vistas panorámicas.

Originalmente Unquillo fue un lugar destinado a casas de veraneo de familias de la ciudad de Córdoba. Corría el año 2016 cuando llegue a esta ciudad a prestar servicios como máximo responsable de la seguridad pública, al designarme comisario de la ciudad.
Por mi tarea específica allí, fui recorriendo el espacio geográfico del lugar, observando su belleza natural, su relieve con pendientes y caminos que serpentean a lo largo de su extensión, por donde transitamos junto al chofer de turno, gran conocedor de ese lugar.

Una tarde de primavera, cuando los últimos rayos de luz se perdían en el horizonte, llegamos a un lugar único en esas sierras descriptas, y recuerdo que el chofer detuvo la marcha del vehículo y me invito a descender y a observar a lo lejos la capilla que se erigía entre la vegetación reinante.

Me contó que el arquitecto ítalo argentino Guido Buffo, quien había sido un pintor paisajista, se instaló en estas serranías a comienzos del siglo XX, y creó en ese lugar la majestuosa capilla y el Parque estudiantil de montaña de Villa Leonor, en honor a su esposa e hija que desafortunadamente fallecieron a causa de la tuberculosis.

En ese lugar, denominado Los Quebrachitos, cuentan que cada seis de septiembre, un rayo de sol penetra por un orificio creado en la capilla e ilumina el rostro de la hija del destacado artista, en el fresco pintado en sus paredes frente a una imagen que representa la maternidad. Ese hermoso momento solo ocurre una vez al año y es muy particular y sorprende a quienes lo vivencian.

Ya corría el anochecer cuando bajé por primera vez al lugar y sólo se escuchaba el ruido del agua que corría entre las piedras, rompiendo el silencio de la noche. Cruzamos el arroyo por el curso del mismo ya que el puente angosto que lo cruza, se encuentra deteriorado, como consecuencia de las crecientes de este tipo de arroyos serranos hasta que llegamos al lugar.
La firmeza de nuestro calzado nos permitió desplazarnos saltando de roca en roca y nos introducimos en el basto terreno donde a la luz de las estrellas pude observar una casa y más arriba la capilla que conforman el Parque estudiantil.

Esa sin dudas fue una experiencia única, difícil de expresar solo con palabras. Sentí una sensación de paz, que no me atreví a confesárselo a mi chofer en ese momento. Regresamos a la zona urbana de la ciudad y ese primer y largo día laboral había concluido, pero no así mis deseos de conocer más sobre esa bellísima obra arquitectónica.

En una segunda visita a la Capilla me asesoraron sobre la arquitectura de la misma, la cual fue construida con un orden simétrico que respeta la utilización de la llamada sección aurea, numero áureo o numero dorado, dicha simetría ya sea helicoidal o en espiral está representado en la naturaleza, inspirada en el cardo Santo. Por sus características es única en el mundo y contiene la síntesis de los conocimientos de su autor. La realización de los planos de la cripta familiar que hoy conocemos como Capilla Buffo fue en el año 1942.

Lo que impacta es conocer los frescos interiores de la Capilla: Loor a Dios, del cual el autor escribió: “En mi alma…una soledad llena de silencios…Pero, aunque muy hondo es mi dolor, me siento feliz, ¡Oh Señor! al imaginar que mis amadas están ya cerca de Ti… Que, extasiadas ante Tu maravilloso y divina belleza, estarán viendo mejor que yo Tus manos etéreas, llenas de cielo y de mundos en formación (…)”

En su elogio a la imaginación, Guido Buffo escribió: “Hondamente conmovido he ideado estas cosas… Y en estado de gracia los he pintado mientras iba gustando su místico sentido al desengranar una a una todas las virtudes que mi esposa hizo germinar en nuestra amada hija” Y por lógico y natural reflejo todos los bienes que ambas han derramado –tierna y dulcemente-, también en el corazón mío…”.

En el Elogio a la imaginación se encuentran retratadas las nueve musas griegas, Eleonora sostiene entre sus manos una partitura musical titulada “Una Paz inmensa” y en su falda tiene un cuaderno borrador con la frase “Soñé. Soñé que tu amor ya había florecido en mí y que toda yo no era más que una cuna llevando un capullo…” Leonor madre se encuentra junto a Palas Atenea. Este panel fue restaurado en el año 2015.

Respecto a Elogio al intelecto, Buffo comenzó estas pinturas según consta en una lucera, el 12 de marzo de 1945, día en que cumplía 60 años, pero su obra quedo inconclusa. La pared que da a la puerta, se llama “Elogio al Intelecto” en ella están escritas las palabras macrocosmos y microcosmos y hay un boceto dibujado con carbonilla. Paralelo a la pintura de los frescos era asesor del Parque Estudiantil de Montaña, realizaba estudios con los péndulos de Foucault, escribía su diario de sueños, entre otras cosas.

Forma parte del intelecto humano la capacidad de entender la unidad de lo semejante y de pasar de lo individual a lo universal, vincular conceptos y comprender lo que nos rodea.

Justo en ese año en que trabaje en esa ciudad, se creó la Fundación Guido Buffo: Ciencia, Educación y Arte, con el objetivo de proteger el legado del artista Guido Buffo, su esposa Leonor Allende y su hija Eleonora Buffo Allende, reconociendo en ellos virtudes que enaltecen al ser humano en el desarrollo integral.

Quienes forman parte de dicha institución, han desarrollado a lo largo de estos años, un trabajo incansable por divulgar la obra de este destacado arquitecto y así cumplir con los fines que se propuso Guido al donar dicho parque estudiantil: “Inspirado por el afecto paterno más puro y desinteresado, he decidido que todo el valle, conjuntamente con lo que en él se halla edificado, lo obsequiare en memoria de Leonor, madre e hija. Creo lo más oportuno y compenetrado al vínculo espiritual que me unió siempre al Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, en el que colabore tantos años, donar todos mis bienes al mismo, a fin de que se preserve, el Parque de Montaña de Villa Leonor, efectuándose dentro de éste, actividades culturales, científicas, artísticas e intelectuales. La casa deseo sea un museo-biblioteca, la Turris Eleonórica una pinacoteca, la Capilla podrá utilizarse como un centro científico de investigaciones geofísicas y cubriré la montaña enteramente, poco a poco, de bosques” … Guido Buffo.

Este magnánimo creador nació el 12 de marzo de 1885 en Treviso, Italia, quien no sólo fue arquitecto y pintor paisajista, sino que quienes lo conocieron personalmente lo describieron como una especie de hombre renacentista, una suerte de Leonardo Da Vinci contemporáneo.

Artista y científico, que cultivo varias disciplinas como la música, pintura, geología y astronomía; dominaba cuatro idiomas, latín, español, italiano y francés, fue un auténtico polímata. El arte fue vivenciado por Guido, como una expresión de amor infinito.

Mi pasión por las letras conjugada con mi trabajo como profesional de la seguridad pública en ese lugar de las serranías cordobesas, me motivaron a escribir una novela negra con perspectiva de género llamada “La comisaria Alonso -Por la Justicia Social y de Género”, la cual incluye ilustraciones de la belleza arquitectónica de la capilla Buffo y de nuestra Córdoba de Argentina.

 

De parques y mujerzuelas

Por Guillermo Pegoraro

Noche de anécdotas en la comisaría Cuarta. En ese ínterin que va desde las cuatro a las siete de la madrugada, suele distenderse la guardia a razón del merecido descanso de honestos ciudadanos… y del relajado trabajo de los malhechores.

Noche de verano al frente de los calabozos; el Oficial Giménez comparte unos mates con el Agente Pereyra y el Cabo Torres. En la celda uno se alojan los menores delincuentes, en la dos los adultos varones, y en la tercera las mujeres transgresoras y meretrices. Cuando una de estas últimas pide ir al baño, Pereyra busca el manojo de llaves y le abre los barrotes.

La conduce a los excusados, advirtiendo que en vez de enfilar al de damas, se introduce al de caballeros. Sorprendido se percata que el apresado no es una Ella, sino un Él (muy bien camuflado). Ante la duda de cuál calabozo, realmente, le corresponde, el superior le indica que lo deje en el mismo, y que sea la guardia entrante la que resuelva el dilema.
Tras una segunda vuelta de mates dulces, acompañados de unos calentitos criollos que un panadero amigo les ha regalado,
Giménez aprovecha la confusión del subalterno para dar pie a una historia.

Les relata a los subordinados, con temple de maestro, que toda frase tiene un origen que se desvanece en el tiempo. Así viven los dichos populares, huérfanos pero vigentes.

Cita que en la Córdoba de las universidades hay una máxima callejera que versa “No levanta el oso” haciendo referencia a todo aquello feo, desprolijo, roto o sinónimo que se le acerque. Pereyra y Torres afirman con la cabeza. Cuenta la leyenda urbana, que cierto Intendente de la década del cincuenta estaba a punto de inaugurar un puente sobre el Suquía, al que bautizaría Antártida Argentina. Uno de sus ingresos estaría adornado con una gran escultura en piedra blanca de un oso polar. A minutos de cortar la cinta, un empleado municipal le hizo saber que en la Antártida no hay osos polares; por lo que ni lerdo ni perezoso, el Alcalde erradicó la estatua, que comenzó a deambular por la ciudad. Uno de sus asientos fue en las cercanías del Parque Sarmiento, verdadero edén con varias hectáreas de diseño parisino.

El nuevo ornamento fue usado como señal de encuentro “Te veo en lo del oso” por enamorados legales o clandestinos. Pero también fue zona roja para el trabajo de prostitutas y travestis. Se comenta que entre las muchachas que negociaban con su cuerpo había una muy, pero muy fea, a la que le era un calvario hacerse de algún cliente. Entre sus allegados, circulaban risas, chismes, burlas y chascarrillos, y hasta hubo quien con su típica ocurrencia cordobesa afirmó “es tan fea, que ni al oso se lo levanta” quedando el dicho para la posteridad. Luego de la sorpresa, los dos subordinados esgrimen frugales sonrisas por tan erudita anécdota.

El que permanece con la mueca entre labios es el Cabo Torres; y todo el mundo sabe que “el que solo se ríe, de sus travesuras se acuerda”. El Oficial y el Agente lo instan a revelar lo que lo divierte… y el otro se anima.

Relata que hacía varios años que patrullaba la zona del parque Sarmiento y que el deambular de meretrices y transexuales era natural. Supo hacerse amigo de ellos, no sólo para obtener información policial callejera, sino también para protegerlos. Hacía dos meses, estando franco de servicio, debió cruzar el parque para trasladar a su padre hasta el consultorio de un oculista. Cerca de la citada estatua, su auto se inclinó indicando que una de las ruedas traseras estaba en llanta. Él se bajó y sin prisa sacó la de auxilio y el criquet.

Cuando comenzó la faena, se acercaron dos travestis que lo reconocieron. Debido al buen trato que mantenían, lo saludaron amigablemente; incluso uno intentó darle un beso en la mejilla… que falló el blanco. Él, con temor a que su padre mal interpretara las cosas, puso empeño en sacar y cambiar el neumático; y hasta cree que, de las cuatro tuercas, sólo colocó tres, y sólo a dos las ajustó. Como lanzador de bala, arrojó la pinchada al baúl, subió al auto y primerió la salida al coro de los travestidos que le gritaban, “chau vida, chau precioso”.

Doscientos metros en segunda y con rostro colorado. Debe haber sido el polarizado de los vidrios; quizás la poca visión de su padre o de su mundo de valores atrapado en el pasado, que éste le palmeó la espalda y con una gran sonrisa pícara, orgulloso le exclamó “¡Hijo de tigre!”.

Y si… de que valía decirle que esas no eran mujeres, ni su hijo un Don Juan, si al viejo se lo veía feliz. Esta vez, los tres policías se desparraman de la risa por tan mundana y poco culta anécdota, y hasta les parece que de la celda número tres provienen risitas de un mariposón.

 

El cuarteto, ritual cordobés

Por Germán Fessia

El día que llegué a Córdoba para comenzar mis estudios de Comunicación Social, traía una mochila con algunas mudas de ropa liviana, mi portátil y muchas expectativas por descubrir una ciudad de la que me terminaría enamorando.

La información previa era mucha, pero no conocemos un lugar hasta no entrar en contacto con su gente, que en definitiva son los que le dan vida, color e identidad a un lugar.

Podría mencionar que a esta capital de la provincia homónima, ubicada en el centro geográfico de la Argentina, le dicen “La docta”, por ser la ciudad donde funcionó la primera universidad del país fundada por los jesuitas.

Que es llamada también “Córdoba de las campanas” por las iglesias que pululan en el centro histórico, o que fue centro del célebre “Cordobazo”, un levantamiento popular impulsado por obreros y estudiantes en contra de la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Pero mis expectativas de aquel primer fin de semana en la ciudad pasaban por algo más mundano y a la vez vital e identitario de la cultura cordobesa: quería conocer un baile de cuarteto. “No sos cordobés si no te gusta el cuarteto, se lleva en la sangre” es una frase que repiten orgullosos los cordobeses con su típica tonada, el “cantito” cordobés, en la que se alargan las vocales y el final de las palabras musicalmente.

Pude corroborar la teoría, apenas subí al taxi que me llevó hasta la pensión en la cual viviría los primeros tiempos. El taxista me saludó cordialmente y girando apenas la cabeza me dijo: “Que calooorón”. Inmediatamente, para mi regocijo, apretó la botonera del estéreo y comenzó a sonar un cuartetazo, nada menos que la Mona Giménez.

Por segunda vez el taxista me dirigió la palabra con la seguridad de quien dice una verdad irrefutable: “Para nosotros es un prócer la Mona, lo más grande que hay”. Asentí con la cabeza, mientras pensaba que la situación era un buen presagio para mi experiencia cordobesa que estaba por iniciar.

La pensión estaba ubicada en Nueva Córdoba, barrio que alberga la mayoría de los estudiantes que vienen de afuera. Una pieza antigua con un baño compartido era mi nueva morada hasta que llegaran tiempos mejores. Abrí la ventana a pesar del calor y la música se coló como un intruso en la habitación.

De nuevo el ritmo del “tunga-tunga” característico del cuarteto me recordaba que una de las primeras cosas que debía y quería hacer era ir a un baile. Me recosté en la cama mirando un viejo ventilador de techo que giraba lentamente chirriando.

Aparte de escuchar, me había interesado por conocer la historia de la música popular cordobesa. El origen viene de los inmigrantes españoles e italianos que llegaban con sus pasodobles y tarantelas respectivamente, cuya fusión se complementó luego con ritmos tropicales. Lo llamaron “cuarteto” porque los pequeños grupos que comenzaron a divertir y animar fiestas con está alegre música, estaban compuestos por cuatro instrumentos: piano, acordeón, contrabajo y violín.

El “cuarteto Leo” fue el pionero de este género musical. La agrupación fue creada en los años cuarenta por Augusto Marzano, quien le puso “Leo” en honor a su hija llamada Leonor.

A partir de allí el cuarteto se popularizo rápidamente con la aparición de grandes bandas como Chébere o Trulalá, que incorporaron vientos y percusión, aparte de solistas que trascendieron a nivel nacional como el Potro Rodrigo o La Mona Jiménez, que aún sigue vigente con más de 60 discos en su prolífica carrera.

Justamente me dormí pensando en descansar para concurrir al baile de La Mona, que se presentaba a la noche en un club llamado Estadio del Centro, considerado unos de los templos del cuarteto en Córdoba.

Una empleada de la pensión me indicó como llegar al Estadio del Centro junto a otras recomendaciones logísticas, como evitar las zonas “rojas” en el recorrido y el horario de inicio del baile.

Sin pensarlo demasiado me duché, me puse mis únicos jeans gastados, una remera y emprendí caminando las doce cuadras que me separaban del club. De las calles laterales aparecían grupos de adolescentes, jóvenes, adultos e incluso algunas personas mayores que se dirigían al baile.

La variedad de edades era llamativa y se explica por el fenómeno de La Mona, vigente hace más de cincuenta años. El último trecho del recorrido no tuve más que seguir a la multitud hasta que apareció imponente el templo del cuarteto: un inmenso club techado a la vera del río Suquía, que atraviesa la ciudad, de este a oeste.

Para el ingreso había una larga cola que atravesaba un puente vigilado por patrulleros de la policía. Se podía percibir la energía de esa multitud, muchas veces despreciada por algunos sectores de la alta sociedad cordobesa, que repiten ese ritual cada fin de semana.

Luego del ingreso entre empujones y el cacheo del personal de seguridad, accedí al estadio que ya estaba colmado de gente. Al menos cuatro mil personas esperaban expectantes el ingreso del ídolo cordobés. Busqué un lugar sobre un costado que me permitiera disfrutar aquel momento que tanto anhelaba.

Pasada la medianoche, se apagaron las pocas luces del escenario y entre penumbras ingresaron los músicos que se ubicaron en los lugares asignados para cada instrumento. Ésta era la señal esperada: la fiesta popular estaba por comenzar.

Espontáneamente la multitud comenzó a corear el nombre de La Mona, hasta transformarse en un clamor ensordecedor. La expectativa llegó a su punto culmine cuando comenzaron a sonar los instrumentos anunciando el inminente inicio de la música. Los gritos se transformaron en aplausos y silbidos sostenidos en una especie de invocación. El éxtasis del momento se produjo cuando las luces del escenario comenzaron a prenderse y apagarse, hasta que emergió en el escenario La Mona Jiménez, el ídolo del pueblo cuartetero de Córdoba.

Observar a Carlitos “La Mona” Jiménez en el escenario explica este fenómeno que se mantiene trascendiendo generaciones. Su presencia era imponente, los pantalones brillantes con flecos a los costados y un chaleco plagado de lentejuelas conformaban un vestuario ideal para la ocasión.

Un grupo muy numeroso de gente, se agolpaba frente al escenario lanzando banderas y prendas de distinto tipo, como ofrendas que esperaban ser bendecidas por el ídolo. El resto bailaba en parejas girando coordinadamente en sentido contrario a las agujas de un reloj, en una especie de coreografía a gran escala.

La Mona dirigía aquella multitud con la capacidad de un estadista. Lo acompañaban en el estribillo de las canciones cuando lo solicitaba e incluso finalizaba cualquier rencilla en la pista de baile con solo mencionar: “dispersarse”.

El espectáculo a esas alturas superaba todo lo que había imaginado, pero lo mejor estaba por llegar. En un momento los bailarines comenzaron a levantar los brazos, realizando figuras con ambas manos, conformando un lenguaje de señas creado por la misma Mona Jiménez para nombrar a cada barriada de la gente que asistía el baile.

La Mona, acompañaba éste fenómeno increíble de comunicación gesticulando con sus propias manos y mencionando los distintos barrios de la ciudad de Córdoba de acuerdo con las señas.

Por si todo lo dicho fuera poco, el baile duró cuatro horas con intervalos de veinte minutos entre una selección y otra. La Mona Jiménez se cambió de vestuario en cada oportunidad, sin bajar la intensidad hasta el final, cuando fue despedido en medio de una ovación generalizada.

La fiesta había finalizado y la procesión de gente cruzaba el puente en sentido contrario.  Realmente eran fieles que habían concurrido a un templo a manifestar su devoción.

Este ritual que se repite cada fin de semana en distintos lugares de la capital del cuarteto, una de las formas más genuinas que puede tener un pueblo para transmitir su cultura e identidad.